El campo oculto de la sexualidad

"El campo oculto de la sexualidad"

Por: Sebastián Chacón Torrealba

Diciembre de 2007

 

ABSTRACT

Demos espacio a la imaginación y pensemos en el placer. Fácilmente recurriremos a imágenes, conceptos o ideas asociadas a nuestra sexualidad. El hacerlas explícitas resultaría una sobre exposición o una trasgresión al contexto. Precisamente nuestra sexualidad juega con este componente dual. Por un lado existe un gran interés en ella (la sexualidad) y cualquier forma de expresión que esta tenga, por otro lado, es justamente aquello de lo cual no ?queremos?, ?podemos? o ?debemos? conocer/saber. La sexualidad en este sentido ejerce un sistema de represión, efecto de poder social y sobre la sociedad imposible de ignorar. La articulación del efecto y sus consecuencias son el eje central de este análisis psicológico.

 

INTRODUCCIÓN

Son prácticamente innumerables los estudios referidos a la sexualidad, incluso si acotáramos el tipo de investigación a campos de estudios o incluso en aspectos específicos de ésta. El alto interés en torno al tema es tan grande como la variedad o severidad de los problemas del ámbito sexual. Esta sobreproducción de investigaciones no es motivo de dejar de hablar del tema, precisamente porque no todo esta dicho y especialmente si hacemos un ensayo desde una mirada problemática, que cuestiona la sexualidad desde los estudios convencionales y nos moviliza a desarrollar un análisis de sus prácticas, los efectos y el poder de la sexualidad y sus ?desviaciones?.

Contextualizar la sexualidad en un espacio cultural es el primer paso, para luego dar cuenta del recorrido histórico que ha tenido la perversión en esta sociedad. Este paso histórico nos permite analizar la perversión en el momento actual, centrándolo en las parafilias. Esta categoría diagnóstica no es más que una clasificación para dar cuenta de una enfermedad del campo cualitativo de la sexualidad, y por ende la instauración de una figura que permite la intromisión psicológica en dicho aspecto. Para dar cuenta de las parafilias como un efecto de control, en el campo sexual, nos basaremos en una mirada del poder que ejerce la sociedad por sobre este campo privado.

 

DESARROLLO

Sin ánimos de desmerecer estudios que hablan del correlato biológico de la sexualidad, no podemos olvidar que lo sexual no es sólo el acto procreativo. Desde Freud en adelante ya muchos estudios dan cuenta de una sexualidad, esencial en el ser humano, que se encuentra en desarrollo desde recién nacido, si es que no lo es con anterioridad, como lo plantean otros autores. Esta sexualidad se enmarca en una tradición cultural y por ende en un contexto de prohibiciones y aceptaciones que involucran a distintos campos de nuestra vida.

Sabemos bien que no se conocen culturas pasadas o actuales, primitivas o civilizadas, que no posean reglas considerando tales maneras de llegar al orgasmo como lícitas, y tales otras como prohibidas. "De otra parte, los contenidos de lo lícito y de lo ilícito son extraordinariamente variables de una cultura a otra, y lo que nos horroriza aquí pasa como una amable fantasía en otro lado" (Lanteria 1979 en Thibaut e Hidalgo, 1996)[1].

Las razones del porqué se prohíben y aceptan distintas cosas en la cultura no es lo central de este ensayo, pero nos permite entender la instauración de la sexualidad y los mecanismos de control que existen de fondo. Especialmente, desde una análisis etnológico, con los aportes de Levi-Strauss, podemos entender que una cultura en su constitución realiza un ejercicio tan propio del ser humano y la sociedad, como a la vez, de la especie, que da cuenta de una articulación entre esa supuesta dualidad de lo natural/artificial. Hablo del ser humano (concepto sociológico) y de la especie humana (concepto biológico) precisamente con una intención de fondo. Si entendemos al ser humano, como un individuo en sociedad, fácilmente pensamos en una separación de éste con la naturaleza. Pero resulta sumamente absurdo realizar esta separación, es como afirmar que una casa es artificial y un panal de abejas es natural.

En los aportes de Levi-Strauss precisamente se destaca que el proceso de articulación cultural que uno estudie, de cualquier tribu, sociedad, civilización, etc., en su génesis se encuentra una denominación de prohibiciones y aceptaciones de la sexualidad, como lo es el incesto. Este ejercicio cultural, que afecta directamente la sexualidad, es, como muchos otros actos sociales, un ejercicio del poder social por sobre el individuo.

Dejando de lado la etnología se puede observar que este ejercicio cultural, de prohibir ciertas cosas y otras no, se realiza de formas tasita, como también de formas más imprecisas e incubiertas. Una de las claves para entenderlo es simplemente en pensar en lo normal, concepto que se asocia directamente con lo natural. Hemos observado que dicha distinción no cumple con criterios lógicos, más bien con supuestos que hablan precisamente de esta normalidad de las cosas. Este concepto posee distintos aspectos y formas de entenderlo, ya sea por una normalidad marcada por la mayoría o curva de Gauss, por una tradición cultural, por una imposición religiosa, etc. Y esta supremacía de la normalidad nos hace pensar en una naturalización de ?lo que hacen todos?.

Cualquier definición de normalidad debería tener en cuenta distintos parámetros, entre los que se incluyen:

  • El estadístico.
  • El religioso.
  • El evolutivo.
  • El psicológico.
  • El cultural.
  • El antropológico.
  • El social.
  • El legal.
  • El moral. (Rosenzvaig, 1997)[2].

Como se puede apreciar esta normalidad, a la cual uno habitualmente hace referencia en los actos de habla, precisamente poseen un carácter insostenible en la práctica cuando se contraponen. Por ejemplo, si hablamos de una infidelidad promedio de un 60 a 70% en nuestro país, podríamos decir que es normal ciertamente. Pero inmediatamente caerían juicios de valor, religiosos, morales e incluso legales que nos impedirían hablar de dicha normalidad. Entonces, cabe cuestionarnos sobre lo normal en el acto sexual con toda razón, más aún cuando es una de las mayores inquietudes de las personas que acuden a terapeutas sexuales.

He constatado que la pregunta más reiterada que suelen formular y formularse la gente es: ¿Mi conducta es normal? Poco importa si la conducta que se describe luego es banal y en extremo corriente o si se aparta de lo esperado. En la intimidad de las personas se producen acciones que a veces son guardadas como un profundo secreto compartido. Algunos las sienten como normales, mientras que para otros son auténticas aberraciones (Rosenzvaig, 1997)[3].

Como bien se puede observar este interés por lo normal da cuenta de aquello que es aceptado o no desde una tradición particular, desde una mayoría, etc. No es lo mismo hacer la pregunta: ¿Es normal que me masturbe? A un psicólogo, como a los padres, a un cura o un compañero, precisamente porque se apela a parámetros de normalidad muy distintos, que poseen un punto en común: la aceptación o rechazo de la conducta.

Al hablar de lo prohibido en la sexualidad, de lo que escapa a la normalidad y el efecto represor en la conducta, estamos hablando precisamente de lo que se entiende como perversión. Este concepto actualmente es sustituido en la clínica por las parafilias (disfunciones sexuales del aspecto cualitativo), pero no deja de utilizarse en otros ámbitos, no menos importantes, como el sentido común. Es esta conducta perversa, e incluso pensamiento perverso, precisamente la que es sancionada moralmente. Es la perversión un concepto sumamente práctico que saca del campo de la intimidad y la sexualidad actos, pensamientos o conductas, sobreponiéndolas en el tapete social y represor. Ya en la historia existen relatos que asocian a las perversiones con actos delictivos y por ende no sólo caen en una sanción moral, si no que incluso legal, como actualmente lo es la pedofilia, en Chile actual (destacando el contexto, por la relevancia en este país y se temporalidad, ya que en varios países no es sancionado, ni mucho menos en la antigüedad).

El concepto de perversión no es un concepto psicoanalítico, si no mas bien médico-legal, que aparece como tal en la literatura jurídica y psiquiátrica a partir del código napoloeónico (Thibaut e Hidalgo, 1996)[4]. Este código napoleónico (ley) precisamente lo que instaura es un cumplimiento de ciertas reglas en el campo de la sexualidad. Se deben cumplir dos aspectos esenciales: El consentimiento de ambas partes y una mayoría de edad. El argumento que existe de fondo es precisamente evitar el escándalo público (nuevamente una normalidad social-moral instaura una prohibición) y proteger a quienes no poseen la capacidad de dar dicho consentimiento (los niños). Estas razones resulta incuestionables hoy en día, precisamente porque nos regimos bajo esta tradición cultural, lo cual, en ningún sentido le quita peso al discurso, al contrario, es el poder de esta cultura la que nos determina en muchísimos aspectos, entre ellos: nuestra sexualidad.

Desde este campo legal, como lo entendemos en esta tradición occidental-moderna, resulta incuestionable la importancia del consentimiento, precisamente por el derecho a la intimidad y la libertad. Ya desde tiempos bíblicos se plantea al Hombre como un ser libre, que decide sus propios actos. Especialmente hoy en día se le otorga un sentido explícito a la libertad, como cuando se postula popularmente que ?uno es inocente hasta que se demuestre lo contrario?. Pero esta libertad empieza en los actos individuales y terminan cuando trasgrede la integridad de otro. En este sentido es este consentimiento del acto sexual el cual permite el acceso a la intimidad sin involucrar la trasgresión de la libertad.

Esta segunda acepción del código napoleónica, la que da cuenta del derecho de los menores y la imposibilidad de dar consentimiento, se entiende en la medida de que un menor de edad no cumple con los requisitos psicológicos, sociales, económicos para hacerse cargo de sus propios actos, mucho menos de dar consentimiento a este acceso a lo privado, resguardado por una figura de autoridad, el adulto/la ley.

En este sentido es sumamente fácil terminar con el problema de la sexualidad y las prohibiciones, ya que existe una imposición legal que vela por los ciudadanos y por ende, por el bienestar de todos. Pero en efecto, una ley no termina con el problema (si es que lo hay) más bien, denota aquello que se prohíbe. Si sólo pensáramos en las perversiones desde lo legal, resultaría sencillo dar cuenta de las intenciones culturales de fondo, pero no es así. La sexualidad es mucho mayor y más abarcativa que un campo legal; resultaría absurdo pensarlo de esa manera. La perversión en este sentido escapa al poder legislativo, en el sentido de que no puede ser entendido exclusivamente desde este campo. Si bien se deja de lado esta distinción legal, en ningún minuto se debería pensar que pierde ese efecto de poder. Si lo pensamos desde un aspecto en particular, podemos hablar de una utilización de una tradición de la perversión instaurada en la clínica, bajo la categorización diagnóstica de parafilias.

Las parafilias son desórdenes sexuales caracterizados por fantasías sexuales particulares, como necesidades y prácticas sexuales intensas, suelen ser repetitivas, por un tiempo prolongado o permanente y generan molestias o ansiedad en el individuo. Se refiere a comportamientos sexuales caracterizados por la excitación del sujeto ante objetos y situaciones que no son patrones normativos o se alejan de estímulos sexuales normales. En sus definiciones médicas y psicopatológicas se entienden (las parafilias) de la siguiente manera:

Son perturbaciones cualitativas del funcionamiento erótico que implican la presencia de conductas sexuales anómalas y que, además son preferentes o constituyen un modo único y exclusivo de excitación erótica o de satisfacción orgásmica. El DSM-IV incluye en la definición de parafilias la presencia de repetidas e intensas fantasías sexuales de tipo excitario? (Mozarelli, 2006)[5].

Estas categorías diagnósticas, clasifican los actos sexuales anormales como parafilias, que se caracterizan por un objeto de deseo específico. El DSM-IV plantea cada parafilia (fetichismo, pedofilia, froteurismo, voyeurismo, zoofilia, etc.) con el siguiente encabezado: "Durante un período de al menos 6 meses, fantasías sexuales recurrentes y altamente excitantes, impulsos sexuales o comportamientos que implican el acto o hecho de..." (DSM-IV)[6]. Completando la oración con el acto o el hecho mismo dirigido a un objeto en particular (Animales, niños, ancianos, plantas, el mirar, el mostrarse, el tocar, etc.).

El CIE-10 tiene clasificaciones sumamente parecidas a las del DSM-IV, con distinciones claramente:

Otros trastornos de la inclinación sexual:

Las prácticas eróticas son tan diversas y muchas de ellas son tan excepcionales o particulares que no se justifica un epígrafe propio para cada una de ellas. "Son frecuentes los rituales de masturbación de varios tipos, pero las prácticas más extremas, tales como la inserción de objetos en el recto o en la uretra peneana, o la autoestrangulación parcial, cuando sustituyen otros tipos de contactos sexuales ordinarios, alcanzan el grado de lo anormal" (CIE-10)[7].

Si bien ambos sistemas clasificatorios son de gran importancia para la salud y la psicología, cave destacar del aspecto político de fondo. Pues bien, las ciencias en general, al igual como la producción de conocimiento científico, no dejan de lado aspectos políticos, como el interés público o mundial referido a un tema, el impacto social, las consecuencias, no sólo en el campo de estudio, si no que también en la propia concepción de sujeto que uno construye. No es necesario hablar de los aportes de la ciencia para darse cuenta que gracias a ella transformamos nuestra visión de mundo, pero a su ves esta construcción científica se enmarca en un contexto particular, con intereses específicos. No es coincidencia que la homosexualidad se haya considerado una parafilia, unos 27 años atrás aproximadamente. Desde el DSM-III (1980) en adelante se eliminó la homosexualidad de esta clasificación, no porque se hayan descubierto antecedentes que den cuenta de un error en su anterior clasificación, si no más bien por una agitación social en torno al tema y el efecto social de este grupo en particular, junto al apoyo social. El cambio de mirada se desarrolla en el paso de una tradición moral y de anormalidad de la homosexualidad, que la planteaba como una disfunción sexual, por la trasgresión del objeto de deseo, a una conducta aceptada en muchos países, (en otros aún no al igual que en grupos mas conservadores y moralistas).

El carácter político que toma en definitiva la enfermedad, porque de ello estamos hablando cuando diagnosticamos a una persona como voyeurista, exhibicionista, sádico, masoquista, pedófilo, etc., no es más que un acto represor o un sistema de control sobre esta conducta sexual. Debido al escape de la supremacía de lo legal, la sexualidad debe ser sancionada no sólo en lo público, si no que incluso, en la intimidad y en el objeto de deseo.

Ya pudimos observar que desde el código napoleónico en adelante existen reglas, no muy precisas, pero sí muy claras, que dan cuenta del consentimiento para no hablar de trasgresión social (dejando de lado el tema de la edad), pero? ¿qué pasa con los cibernautas que visitan pornografía de forma habitual, con los grupos swinger, con grupos en donde todos consienten el acto y gozan su sexualidad dirigida a un objeto particular, como los fetiches, etc.? Cabe señalar que en estos casos existen dos caminos: Primero, diagnosticar a todo el grupo y sus prácticas como anormales, bajo el consentimiento cultural, y clasificar a estos individuos como perversos. El otro camino es pensar que como existe consentimiento entre ellos, funcionan como una sub cultura con reglas propias, y por ende, los actos que se practiquen en ese contexto son de mutuo acuerdo, aceptadas y completamente normales.

Las opciones frente a estos grupos nos hacen cuestionar en primer lugar las prácticas de ésta cultura, intentando comprender que nos ha llevado a prohibir o no ciertas prácticas. En segundo lugar nos hace pensar sobre la legitimidad del grupo en formar sus propios acuerdos y su legitimidad frente a otras culturas. Lo cual nos permite analogarlo con la imposición de culturas sobre otras, como se le ha cuestionado a países como EEUU en su ?lucha contra el terrorismo? y su imposición de ?la democracia?. No es necesario realizar un análisis del discurso muy exhaustivo para darse cuenta de las contradicciones y la falta de legitimidad de EEUU en su invasión a Irak, por decir alguno. Esta injustificada supresión de una cultura sobre otra, es la misma ?razón? de fondo en cuanto a la justificación de la cultura en la imposición en lo privado.

¿Acaso la puesta en discurso del sexo no está dirigida a la tarea de expulsar de la realidad las formas de sexualidad no sometidas a la economía estricta de la reproducción: decir no a las actividades infecundas, proscribir los placeres vecinos, reducir o excluir las prácticas que no tienen la generación como fin? (Foucault, 1976)[8].

Al pensar nuevamente en las prohibiciones y plantearlo de la siguiente manera: ¿Qué actos son permitidos en lo privado y prohibidos en lo público? Caemos en el recuento de una serie de actos ligados directa o indirectamente con lo sexual. Es cosa de situarnos en los lugares más íntimos de nuestro diario vivir, donde gozamos de nuestra privacidad y de lo privado por excelencia, como: nuestra habitación, el baño, o lugares destinados a la privacidad, alejados de la mirada de otro, como lo son los moteles, salas privadas (VIP) u otros, alejados de la sociedad, como un campo, una playa virgen, etc. Es propio del alejamiento de lo social, oculto de esta mirada que reprime, la aceptación en estos lugares de lo sexual, no así en lugares públicos como la calle, el metro, el Paseo Ahumada, o cuales quiera otros. Caemos nuevamente en una intimidad, en una estrecha relación, como ya lo habíamos visto con Levis-Strauss, entre la unión de lo natural y la cultura, lo público y lo privado, etc., por medio de la articulación de lo sexual.

Tener sexo con tu pareja en tu pieza, baño, casa o en un motel no es, en ningún sentido (habiendo consentimiento, mayoría de edad y actos ?normales?), reprimido por casi ningún sistema de poder. Muy por el contrario, contextualizando este acto en una plaza, una calle, etc., es inmediatamente reprochado, prohibido, reprimido y castigado. Esta dualidad nos hace pensar en el sentido de este reproche y caemos en la conclusión de una medida de control; cierto sistema de control que asegura la mantención del sistema social.

Resulta sumamente interesante que sea, si no me equivoco, con exclusividad la sexualidad lo único que es prohibido y permitido a la vez. Podemos pensar en excepciones, pero? ¿son realmente así? Por ejemplo: ¿el defecar u orinar (prohibidos como actos públicos pero vitales en su función) no se relacionan precisamente con estos órganos que cumplen funciones eróticas y sexuales? Es tan extraña esta relación con todo lo referido con lo sexual que incluso en nuestra mayor intimidad surge este grado de protección contra la exposición. Acá encontramos muchas de las trabas sexuales en las parejas, como también gestos tan cotidianos como cerrar la puerta del baño mientras nos duchamos, a pesar de que podamos estar solos en todo el hogar. Aquél campo es definitivamente el que determina esa interacción-unión de lo público y lo privado, es precisamente la sexualidad el punto neurálgico de la configuración cultural, ese punto que nos hace suspender la diferencia de lo natural y lo artificial.

Toda esta atención charlatana con la que hacemos ruido en torno a la sexualidad desde hace dos o tres siglo, ¿no está dirigida a una preocupación elemental: asegurar la población, reproducir la fuerza de trabajo, mantener la forma de las relaciones sociales, en síntesis: montar una sexualidad económicamente útil y políticamente conservadora?? (Foucault, 1976).[9]

No queda muy claro aún el porqué una cultura determina como normal una práctica y no otra, lo que si ha quedado claro es que por medio de este mecanismo de clasificación, de represión, de castigo, de sanción, etc., es determinada nuestra propia vida sexual. Podemos entender entonces que la sexualidad cumple a su vez en ejercicio de poder, imponiendo en su discurso lo ilícito y lo permitido. Es este discurso el cual toma fuerza, abarcando distintos aspectos de nuestra vida, clasificándonos como enfermos, delincuentes o normales. Este interés por mantener la vida sexual dentro de parámetros aceptados guardaría una intención conservadora.

Bástenos, pues, con repetir que la palabra <> designa toda la suma de operaciones y normas que distancia nuestra vida de la de nuestros antepasados animales, y que sirve a dos fines: la protección del ser humano frente a la naturaleza y la regulación de los vínculos recíprocos entre los hombres (Freud, 1927)[10].

Ya podemos observar en Freud el interés de fondo de este discurso y su efecto de poder. Como lo hemos podido observar en este recorrido, la cultura nace en una articulación de las prácticas sociales que regulan las conductas y hacen de la convivencia una sociedad. En este paso es cuando se llega a pensar que nos alejamos de la naturaleza y creamos un sistema diferenciado de ella: la cultura. Sin estar de acuerdo con ésta idea, incluso en la cita anterior se hace mención a dicha distinción (naturaleza/cultura), cuando Freud habla de un distanciamiento con nuestros antepasados animales o la protección del ser humano frente a la naturaleza. Pero el interés en el planteamiento de este autor es dejar entrever el discurso de fondo que justifica precisamente esta medida de control en lo sexual.

Ya vimos que es la sexualidad el punto neurálgico de la cultura y la naturaleza en su oposición, justamente por ser la sexualidad una expresión extremadamente animal, por así decirlo, que a su vez, es el principio de la articulación cultural. Sin hablar desde supuestos ya pudimos observar que es sólo este campo el que es regulado tanto en su intimidad como en su expresión pública, permitiéndose en su intimidad y reprochándose en lo social. A su vez, desde el correlato etnológico pudimos observar que toda cultura responde a este principio de prohibir ciertas prácticas sexuales, como el incesto, el mantener relaciones con gente de otros clanes, etc. Sin ir mas lejos Freud plantea esta convivencia cultural en un sentido sumamente práctico y utilitarista: "Las tres fuentes de que proviene nuestro penar. La hiper potencia de la nauraleza, la fragilidad de nuestro cuerpo y la insuficiencia de las normas que regulan los vínculos recíprocos entre los hombres en la familia, el Estado y la sociedad" (Freud, 1929-1930)[11]. Esta fragilidad frente a la hiper potencia de la naturaleza, la fragilidad del cuerpo y los vínculos sociales los cuales deben ser regulados y es por ello que convivimos en sociedad, para superar precisamente estas debilidades.

 

CONCLUSIONES / REFLXIONES

El prohibir porque sí no existe, siempre encontraremos un sentido de fondo. En el caso de la sexualidad ya deslumbramos la intención de dicha prohibición. La fragilidad del ser humano nos ha llevado a pensarnos como seres superiores al resto del reino animal. No se bien si esto pasa en todas las tradiciones culturales, pero al menos así se entiende en una tradición occidental. No es menor que en la Biblia, en el Génesis, escrito X siglos A. de C. (reformulado cinco siglos después, a modo de poema), se plantee la supremacía del Hombre por sobre la Naturaleza, de la siguiente manera: ?Dios los bendijo diciéndoles: Sean fecundos y multiplíquense. Llenen la tierra y sométanla. Manden a los peces del mar, las aves del cielo y a cuanto animal viva en la tierra.? (Biblia, Génesis)[12].

Sigo jugando con esta dualidad Naturaleza/Cultura, precisamente porque en este correlato es donde se entrega la justificación del porqué regular la sexualidad. Es necesario ampliar nuestra mirada y comprender el discurso y su efecto de la sexualidad en nuestra sociedad. ¿Somos tan frágiles como para necesitar una figura de autoridad superior a nosotros, para regular nuestro propio convivir? La respuesta en afirmativo sería la explicación del fracaso del marxismo, el anarquismo o cualquier otro sistema que nos plantea a todos en un mismo nivel. Más allá de esta visión política podemos observar que en toda religión ha existido esta intención de prohibición a lo sexual: "Yo soy la fuerza de los fuertes, desprovista de pasión y deseo. Soy la relación sexual que no es contraria a los principios religiosos, ¡Ho Arjuna! (señor de los Bharatas)"[13] (Bhagavad-Guita).

Ahora que ya podemos distinguir con claridad el discurso, y darnos cuenta del efecto, del poder que éste ejerce, es necesario ampliar la mirada para identificar sus consecuencias y sus prácticas. Es fácil llegar a pensar que tan sólo con identificar el discurso en torno a la sexualidad, y su intención regulatoria nos hace desentendernos de esta fuerza y su ejercicio. Si es que lo llegamos a pensar de esta manera, no he sido lo suficientemente claro en cuanto al discurso como poder cultural. Es el carácter inmanente de la sexualidad y su prohibición, no solo tasita si no que incluso de manera inconsciente, como se plantea desde el psicoanálisis, o por medios de convivencia social, que la cultura ejerce poder por sobre el individuo y sus medios de expresión, en este caso, sexual. El que actualmente se hable más de sexualidad no es indicio de que estamos siendo menos controlados, que vivimos una sexualidad más plena o que cada vez existe menos control. Muy por el contrario, el hablar más de sexo, el que con un par de tragos uno se inhiba y hable más de sus experiencias sexuales, que en grupos más reducidos uno termine hablando de éste tema, que existan programas de televisión o que cuando uno conversa en privado, guardando secretos, muchas veces caemos en preguntar por esta intimidad, son ritos y mecanismos que utilizamos para acceder al correlato de otros en torno a la propia sexualidad, y determinar finalmente si mis propios actos sexuales son (nuevamente) normales, figura con la cual ya que clara se utiliza para determinar estos cánones de comportamiento y regular en todo aspecto la sexualidad.

El discurso al cual hemos accedido termina siendo recursivo en su interacción individual-cultural, determinando y siendo determinada mutuamente. Desde esta mirada es sumamente agotador e incluso desalentador pensar en una superación de la regulación y el poder del discurso. Pero el entrar en conciencia de este ejercicio nos permite reflexionar en torno a nuestro vivir y nuestro gozar. Porque es el placer el que esta siendo cohibido, en post de la supervivencia humana. Pero el distinguir este efecto de poder, nos permite reencontrarnos con nuestra sexualidad desde una mirada fenomenológica, suspendiendo distinciones de anormalidad, dualidades de naturaleza/cultura, etc., y caer en la reflexión, seudo epogé (Husserl), de nuestra experiencia sexual.

Me gustaría cerrar este ensayo con una reflexión en torno a la utilidad que se le puede dar a este ensayo, ya que nos permite ampliar nuestra visión actual y ocuparnos de nuestra sexualidad de manera conciente. En definitiva, para quien lo desee, este ensayo sería una invitación a ser sagaces en nuestro vivir, no padecer como seres sin palabra ni conciencia de acto. "Pero acaso no hay nada más malicioso que la inocencia, o bien, más inocente que la malicia: Sí, sí, ya me suponía yo que en el fondo no hay nada más..., más..., ¿cómo lo diré? ..., más cínico que la inocencia"[14] (Unamuno, 1914). Porque esta mirada crítica nos permitirá vivir nuestra sexualidad en sintonía con el propio placer, claramente un placer que es moldeado por la cultura, pero que gracias a este ampliar de la mirada y el reconocimiento del discurso, es posible acceder a una sexualidad en de mayor intensidad o de conexión conciente y corporal. Ya tradiciones milenarias plantean la sexualidad como la unión de dos cuerpos en meditación, y una expresión que simboliza la unión de dos polos, como lo femenino y lo masculino, el ying y el yang. Esta invitación es en definitiva a acceder a este poner entre paréntesis toda tesis referida a la realidad (epogé fenomenológica), para acceder a la sexualidad en perfecta armonía y unión, en su expresión propiamente tal.

"16. Trascendiendo la Naturaleza:

Vacía tu Ego completamente;
Abraza la paz perfecta.
El Mundo se mueve y gira;
Observale regresar a la quietud.
Todas las cosas que florecen
Regresarán a su origen.

Este regreso es pacífico;
Es el camino de la Naturaleza,
Eternamente decayendo y renovandose.
Comprender esto trae la iluminación,
Ignorar esto lleva a la miseria.

Aquel que comprende el camino de la Naturaleza llega a apreciarlo todo;
Apreciandolo todo, se convierte en imparcial;
Siendo imparcial, se convierte en magnánimo;
Siendo magnánimo, se convierte en parte de la Naturaleza;
Siendo parte de la Naturaleza, se hace uno con el Tao;
Siendo uno con el Tao, se alcanza la inmortalidad:
Piensa que el cuerpo perecerá, el Tao no."

(LaoTse)[15].

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS



[1] Lanteri, G., en Thibaut, M. e Hidalgo, G., Trayecto del psicoanálisis de Freud a Lacan?, 1996, Chile. Pág. 231.

[2] Rosenzvaig, R. ?La pareja al desnudo? 1997, Barcelona. Pág. 18.

[3] Id. Pág. 17.

[4] Thibaut, M. e Hidalgo, G., Op. Cit. Pág. 229.

[5] Mozzarelli, A., ?Lecciones de psicología anormal y patológica? 2006, Chile. Pág. 280

[6] DSM-IV, en portal de Internet: http://www.psicomed.net/ Visitado el 27 de Noviembre de 2007

[7] CIE 10 en portal de Internet http://www.psicomed.net/ Visitado el 27 de Noviembre de 2007.

[8] Foucault, M. ?Historia de la sexualidad? 1977, México. Pág. 48.

[9] Id. Misma página.

[10] Freud, S., ?El porvenir de una ilusión? 1927, Pág. 6.

[11] Freud, S., ?El malestar de la cultura? 1929-1930, Madrid. Pág. 85.

[12] La Biblia, Génesis 1, 28. Versión Latinoamericana, LXXXIV edición, Edición Pastoral, 1989.

[13] Bhagavad-Guita, La ciencia suprema, Capítulo seis, versículo 11.

[14] Unamuno, M., ?Niebla?, 1914. Editorial Orbe. Pág. 97

[15] LaoTse, Tao The Ching, traducido por Rivas, A., en portal de Internet: http://www.gorinkai.com/textos/tao.htm, visitado el 08 de Diciembre de 2007.

 

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